# Secretos Peligrosos.
Capítulo 1
Planta nuclear de Krasnqyarsk, Rusia.
(Diez días antes) 18 de noviembre.
Al despuntar el día, el piloto esperó, solo, al pie de la escalerilla supletoria, tal como estaba acordado. Aquél era un vuelo no declarado en un avión que oficialmente no existía; y la presencia de un copiloto no sería bienvenida. Cuanta menos gente estuviera involucrada en aquello, mucho mejor.
Se encontraba en la pista más alejada de un aeropuerto militar que había sido decomisado cuando los soviéticos perdieron el poder.
De pronto, apareció el ingeniero nuclear que estaba esperando. Sólo se habían dicho los nombres de pila; Lyosha y Edik. Ambos eran falsos, pero eso carecía de importancia.
El ingeniero nuclear, cuyo nombre real era Arkady Sergeyevitch Andreyev, sólo sabía una cosa acerca del piloto que era necesaria: se trataba de un zek, un antiguo prisionero del Gulag ruso. Ambos eran miembros de ese exclusivo club; hombres que no habían muerto en el cruel abrazo de la extinta Unión Soviética.
No se estrecharon las manos. Pero cuando el piloto tendió la suya para ayudar a Arkady a manipular la carretilla elevadora y así trasladar el pesado contenedor de la furgoneta a un palé de carga, Arkady vio lo que esperaba ver: un alambre de espino tatuado alrededor de la muñeca del piloto.
Los antiguos prisioneros llevaban su experiencia en el Infierno grabada en sus carnes, no sólo en el alma. Arkady estaba cubierto con aquellos tatuajes, desde las estrellas en sus rodillas, que significaba que no se doblegaba ante ningún hombre, a las cruces que eran símbolo de los años pasados en Gulag. Los llevaba con orgullo.
La única parte de su piel que estaba despejada era un largo y reluciente parche de tejido cicatrizado sobre su corazón, que una vez había estado ocupado por los característicos rasgos tártaros con perilla de Lenin. Los guardias de la prisión soviética eran supersticiosos y jamás dispararían a la imagen sagrada del padre de la revolución rusa.
El día en que fue liberado, robó un hierro candente de las barracas desiertas de los guardias y quemó la cabeza de Lenin. Ni siquiera había sentido dolor; estaba demasiado feliz de despojar a su cuerpo de la imagen que proclamaba su sufrimiento.
Los dos hombres, Arkady y el piloto, repararon en silencio en los tatuajes del otro. No había nada más que añadir. Eran miembros de la Bratva, la Hermandad. Eso era todo cuanto tenían que saber.
El pesado contenedor de plomo fue levantado hasta el muelle de carga del avión Tupolev Tu154, donde el piloto lo sujetó cuidadosamente. Dentro del contenedor había un bote recubierto de plomo lleno de cesio 137; suficiente para fabricar una bomba de una potencia capaz de acabar con el centro de la ciudad de Londres, Nueva York, París, Roma, Berlín o Washington D. C, y borrarla de la faz de la tierra, convirtiéndola en un desierto de hormigón prohibido para los humanos o cualquier otra forma de vida durante diez mil años.
El piloto cerró el portón de carga y entró en la pequeña cabina desde donde Arkady había contemplado el almacenamiento del contenedor.
- ¿Va todo bien? - preguntó el piloto en voz baja.
Arkady sabía exactamente a qué se refería. No se sentía ofendido. Aquél era un asunto peligroso. El era un ingeniero nuclear magníficamente adiestrado y había tomado todas las precauciones necesarias, pero el piloto no podía saberlo.
En vez de responder, Arkady abrió su maletín y extrajo un pequeño contador Geiger. Lo encendió, se fue hacia la zona de carga, y lo pasó por encima del contenedor. Ambos escucharon el agradable sonido del suave y bajo tic-tac. El contador Geiger estaba percibiendo la radiación ambiental, un poco más alta de lo normal, que podría darse en los alrededores de una central nuclear, pero nada más.
El piloto asintió, satisfecho, y sin mediar palabra se dirigió a la cabina. Arkady bajó los escalones hasta la pista.
Quedaba una cosa más por hacer antes de despegar: decirle al Vor* que la primera fase de la operación había concluido.
Si aquel viaje resultaba exitoso, habría muchos más en el futuro. Y su Vor, influyente y rico de por sí, se convertiría en uno de los hombres más poderosos en la historia de la humanidad.
Arkady abrió la solapa del teléfono móvil verde. Tenía tres de ellos, uno para cada fase de su largo viaje. Tres teléfonos móviles nuevos, de un solo uso. Marcó una extensa secuencia de dígitos, conectando con una remota mansión en el Estado septentrional de Vermont, en los Estados Unidos.
El móvil estaba decodificado. Si había algo que a buen seguro llamaba la atención de la escalofriantemente poderosa agencia de vigilancia electrónica americana, la NSA, era un mensaje de un teléfono móvil codificado a los Estados Unidos. De modo que no habría codificación, ni nada sobre paquetes de camino o tiempo de entregas.
Los innumerables bancos de súper ordenadores de la NSA, que procesaban diaria e incesantemente un terabyte de datos a lo largo y ancho del planeta, estaban programados para detectar de inmediato una serie de palabras claves, entre las que se encontraban «paquete» y «entrega».
El dinero del Vor había comprado los servicios de uno de los agentes jóvenes de la NSA y dicha lista de palabras obraba ya en su poder. El Vor pensaba en todo.
Ni paquetes, ni entregas. Su código era el tiempo. El móvil receptor respondió de inmediato; también sería destruido después del mensaje. Arkady había memorizado cada uno de los números de los móviles desechables del Vor, pese a que constaban de doce dígitos cada uno.
Un ejercicio irrisorio. Un juego de niños. En Kolyma, los números le habían mantenido cuerdo. Había memorizado el número «Pi» hasta el trigésimo decimal, los números primos hasta el quinientos, y había perfeccionado en su cabeza un método de cálculo de riesgos que el Vor continuaba utilizando hoy en día.
El propio Vor, un genio literario, había memorizado cada palabra de la obra «Reina de espadas» de Pushkin. Sí, Vassily Worontzoff era un hombre extraordinario. El hombre que le había salvado la vida en Kolyma y, tal vez más importante, su cordura. Su Vor.
- Slushayu -le dijo, indicándole en ruso que le escuchaba. La grave voz de su Vor, con su culto acento moscovita, tranquilizó al ingeniero al más profundo nivel posible, asegurándole que todo estaba bien.
- Saludos -respondió Arkady, alzando la mirada a las oscuras nubes que enturbiaban el cielo. Soplaba un violento viento siberiano, y la temperatura era absolutamente gélida. Se arrebujó en la chaqueta de piel de oveja que le había comprado su Vor.
- Se me ocurrió que le gustaría saber que por aquí el tiempo es perfecto. Cielos soleados. Temperatura muy cálida.
- Excelente -replicó el Vor.- Cuídate, amigo mío.
Satisfecho con que aquel importante proyecto tuviera un buen comienzo, Arkady extrajo la tarjeta SIM del móvil, la arrojó al bosque, donde desapareció en la densa maleza en medio de un susurro de crujientes hojas, y aplastó la carcasa de plástico del teléfono bajo su pesada bota.
Subió de nuevo los escalones que le llevaban al avión, se sentó en el asiento de cuero de la cabina, se abrochó el cinturón y se puso cómodo. Aquélla era la primera fase de lo que iba a ser un largo viaje.
La cabina estaba tranquila y en silencio. El piloto había elegido bien. El avión podría despegar con facilidad de la pista de grava situada en el abandonado campo de aviación militar y sobrevolar el resto del tráfico aéreo ruso.
Se encontraban en las afueras de Siberia, la mayor masa de tierra deshabitada del mundo. Llegarían a su destino, un lejano aeródromo próximo a Odessa, en unas doce horas, realizando una única parada para repostar combustible. Luego, Arkady iría en autobús rumbo a Budva, en Montenegro. Allí le estaría esperando un barco para llevarle a él y a su cargamento hasta Canadá. El tramo final consistiría en cruzar los Estados Unidos en una furgoneta, hasta Vermont.
El piloto anunció con tranquilidad que despegarían al cabo de un minuto. Exactamente sesenta segundos después, el reluciente avión rodó por la pista y despegó rumbo al oeste.
Parker's Ridge, Vermont 18 de noviembre
El hombre con las manos y el alma hechos pedazos utilizó su puntero óptico para apretar el botón de desconexión de su teléfono móvil. Todavía era capaz de usar sus dedos pulgar e índice, pero sólo para hacer pinza. Los entusiastas guardias de la prisión que le habían machacado las manos con un martillo habían sido concienzudos. Pero todavía podía emplear el puntero óptico para teclear letras en un teclado o en un panel numérico, alimentarse solo y coger un vaso de vodka.
Eso era suficiente. Vassily Worontzoff echó un vistazo por la ventana panorámica de su estudio, percatándose del viento que azotaba con fuerza las grandes ramas desnudas de un roble. Pese a que era primera hora de la tarde, el cielo estaba completamente encapotado. El pronóstico preveía nieve durante la noche y temperaturas muy por debajo de los cero grados. El meteorólogo había declarado todo aquello con el tono de voz lúgubre de un hombre anunciando un desastre seguro.
Vassily se habría echado a reír si todavía fuera capaz de ello. ¡Qué débiles eran los americanos! ¡Con qué facilidad se desesperaban! El era un superviviente de Kolyma, el campo de concentración más cruel de la Unión Soviética, donde los prisioneros tenían que trabajar en las minas de oro a temperaturas inferiores a los sesenta y siete grados bajo cero.
En el infierno donde vivían los prisioneros, el frío era tan intenso que las lágrimas se congelaban en las mejillas y caían con un escalofriante tintineo al duro suelo helado en forma de cristales. Los zeks llamaban a aquello «el susurro de las estrellas».
¡Cuántas lágrimas había derramado cuando perdió a su amada! Lucine. ¡Cómo habían susurrado por ella las estrellas! Había escrito un poema sobre ello, con tinta fabricada a partir de cuero quemado de un zapato, sobre una pieza de camisa intacta donada por un zek que, improbablemente, iba a ser liberado. Había sido publicado en Moscú.
Cuando se corrió la voz desde ocho mil kilómetros de distancia de que el zek Vassily Worontzoff había escrito un poema sobre Kolyma, los guardias entraron en su celda y le machacaron las manos en una espiral de crueldad, pensando que a un escritor le sería imposible escribir sin ellas.
Qué hombres tan increíblemente estúpidos. Muchas cosas habían cambiado desde entonces.
Si los guardias que lo habían atormentado no habían muerto a causa del vodka, estarían viviendo en el equivalente ruso a un agujero de cincuenta dólares al mes. En cambio, él ya era más rico de lo que ellos jamás llegarían a comprender, y estaba a punto de convertirse en uno de los hombres más poderosos de la tierra, capaz de aniquilar grandes ciudades con la misma facilidad con que se apaga una bombilla.
Capaz de estar con su amada Lucine. La había perdido en Kolyma, pero la había encontrado de nuevo en aquel pequeño y bonito reducto americano, con sus abedules y arces, tan parecido a los bosques que rodeaban las afueras de Moscú.
_____, así era como se llamaba ahora. _____ Prewitt. Un ridículo nombre yanqui. Detestaba llamarla _____. Ella era Lucine. Su Lucine, pese a que ella lo ignorase todavía.
Pero aquella charada pronto llegaría a su fin y ella estaría de nuevo con él.
El era el Vor; un hombre inmensamente poderoso. Tanto que podría hacer que Katya regresara de entre los muertos.
[* Capo de la mafia rusa. Equivalente ruso a la figura del «padrino» de la mafia italiana.]
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Pd: el título del libro es igual al de la nove.
